¿Por qué es tan perjudicial la obesidad?

31 de maig de 2013 · Clínica Bofill

Desde hace millones de años los seres humanos hemos necesitado aprovechar al máximo la comida. Era imprescindible almacenar la comida en forma de grasa y poder superar así los casi inevitables periodos de ayuno. En la actualidad, una parte de la población mundial sigue sufriendo hambre y desnutrición, pero en los países desarrollados el exceso de comida disponible y la vida sedentaria han hecho aparecer el problema opuesto: la obesidad. Nuestra capacidad de convertir de forma eficiente los alimentos en grasa se vuelve contra nosotros y supone uno de los principales problemas de salud pública de las sociedades occidentales.

El daño producido por la obesidad está relacionado con la cantidad de grasa acumulada, pero también con donde se acumulan dichas grasas. De esta forma, la acumulación de grasa en el tejido adiposo, formando los conocidos michelines, resulta menos peligrosa para salud cuando se deposita en caderas y muslos (la obesidad “en pera”) que cuando se acumula en la cintura (obesidad “en manzana”). En especial porque el depósito de grasa en el abdomen está asociado a la acumulación de grasa en los órganos internos. Cuando la capacidad de almacén del tejido adiposo se sobrepasa, la grasa comienza a acumularse en otros tejidos, como el hígado o los vasos sanguíneos, y ahí comienzan nuestros problemas. Estos tejidos no saben adaptarse a almacenar grasa.

Cuando la grasa se deposita en los vasos sanguíneos, nuestro sistema inmune reacciona contra ella como si fuera un elemento extraño, produciéndose una reacción inflamatoria. Pero nuestras células inmunes no son capaces de destruir la grasa y, además, se acaban acumulando en las paredes de los vasos sanguíneos glóbulos blancos y células musculares de la pared arterial. Según se encuentren estos acúmulos en las arterias coronarias o en los vasos cerebrales, pueden provocar un infarto de miocardio o un ictus, triplicándose el riesgo de estas enfermedades cardiovasculares en las personas obesas.

Por otro lado, la acumulación de grasa en el hígado resulta en la esteatosis hepática o degeneración grasa, que puede terminar en cirrosis e incluso cáncer hepático. De hecho, las personas obesas tienen cuatro veces más probabilidades de desarrollar este tipo de cáncer. Además, la obesidad está relacionada con un aumento del riesgo de sufrir otros tipos de cáncer, como el de esófago, colon, recto, vesícula biliar, páncreas, riñón, mama y útero. Se calcula que el riesgo de sufrir estos cánceres es un 50% mayor en obesos.

El exceso de grasa almacenada en los distintos tejidos desencadena también una respuesta inflamatoria que condiciona una falta de sensibilidad a la insulina, causando la diabetes tipo 2. El aumento de glucosa en la sangre asociado con esta enfermedad va unido a la aparición de múltiples enfermedades, entre las que se incluyen el daño en la retina y la insuficiencia renal. Los problemas renales y hormonales causados por la diabetes y la obesidad parecen tener un papel clave en el aumento de la tensión arterial que se observa en las personas obesas, que a su vez favorece un mayor daño de los vasos sanguíneos.

La obesidad no sólo provoca los problemas mencionados, sino que está asociada con una compleja constelación de síndromes y enfermedades. Así, el exceso de peso empeora la artrosis debido a la sobrecarga de las articulaciones. La acumulación de grasa en la garganta dificulta el paso de aire por esta zona, produciendo el síndrome de apnea obstructiva del sueño. La obesidad provoca también alteraciones hormonales que pueden provocar infertilidad y, debido a que las grasas son metabolizadas en parte para producir bilis, el exceso de éstas puede llegar a producir cálculos biliares.

En resumen, la obesidad se ha convertido en una de las plagas de las sociedades desarrolladas. Está unida a la aparición de numerosas enfermedades que son, en conjunto, las responsables del 2–8% del coste sanitario y del 10–13% de las muertes en Europa. Estos datos, lamentablemente, son solo el principio, dado que las nuevas generaciones son cada vez más obesas, con lo que estas cifras pueden llegar a multiplicarse. Por tanto, debe existir una concienciación clara de la población y de los gobiernos respecto a este problema para que se tomen de forma decidida medidas para controlar la obesidad.

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